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La anorexia nerviosa es más común en mujeres que en hombres

La Feminidad y la Anorexia

Los Trastornos de la Conducta Alimentaria, son una serie de afecciones graves que se caracterizan por una alta morbilidad y mortalidad, cuya prevalencia aumenta

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Cuerpo anoréxico y la alta mortalidad

Los Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA), son una serie de afecciones graves que se caracterizan por una alta morbilidad y mortalidad, cuya prevalencia aumenta en países en vías del desarrollo. Según un estudio realizado por Clínica Las Condes (s/f), en Chile “cerca del 6% de la población presenta un trastorno de la conducta alimentaria durante su vida… el 3% presentaría un trastorno por atracón, el 2% bulimia nerviosa y un 1% anorexia nerviosa”.

Psicóloga Adultos y Adolescentes Catalina Andrea Barra Pradenas en Chile
Catalina Andrea Barra PradenasPsicóloga Adultos y Adolescentes20-Sep-2022

¿Es la anorexia un problema de salud mental?

Se entiende la anorexia nerviosa como “un problema de salud mental que se define como un trastorno alimenticio que tiene consecuencias nutricionales, endocrinológicas, ginecológicas, dermatológicas, cardiovasculares, sobre el metabolismo óseo y puede llegar a tener riesgo vital” (Romero, 2007), y según el DSM-V, estos son los criterios diagnósticos:

  • a)Restricción de la ingesta energética en relación con las necesidades, que conduce a un peso corporal significativamente bajo con relación a la edad, el sexo, el curso del desarrollo y la salud física. Peso significativamente bajo se define como un peso que es inferior al mínimo normal o, en niños y adolescentes, inferior al mínimo esperado.
    Se realiza una disminución de la ingesta, reduciéndose el peso corporal
    Se realiza una disminución de la ingesta, reduciéndose el peso corporal
  • a)Miedo intenso a ganar peso o a engordar, o comportamiento persistente que interfiere en el aumento de peso, incluso con un peso significativamente bajo.
    Existe un miedo a engordar que persiste en el tiempo
    Existe un miedo a engordar que persiste en el tiempo
  • a)Alteración en la forma en que uno mismo percibe su propio peso o constitución, influencia impropia del peso o la constitución corporal en la autoevaluación, o falta persistente de reconocimiento de la gravedad del bajo peso corporal actual.

Ésta también se puede clasificar en tipo restrictiva o tipo atracón/purgativa. El primer tipo corresponde a una manifestación del trastorno sin la presencia atracones y purgas (vómito, uso de laxantes, diuréticos o enemas), sino que la presentación de “pérdida de peso es debida sobre todo a la dieta, el ayuno y/o el ejercicio excesivo”. Por otro lado, en el segundo tipo se presentan atracones y purgas por al menos tres meses.

Los atracones y los vómitos se vuelven cada vez más comunes
Los atracones y los vómitos se vuelven cada vez más comunes

El género se ha manifestado como una variante muy importante en la prevalencia de este trastorno, siendo más común en mujeres que en hombres. Ante este fenómeno no parece raro que se constituya la pregunta por lo femenino, es decir, qué es ser mujer, teniendo en cuenta el género como “el resultado de una construcción-producción social, histórica y cultural” (Duque, p. 87, 2010). En ese sentido, recurrimos al psicoanálisis y al feminismo para conceptualizar al sujeto femenino, y la posibilidad de un cuerpo anoréxico.

Muchos conceptos se van trabajando a lo largo de la vida
Muchos conceptos se van trabajando a lo largo de la vida

La pregunta por lo femenino en el aparato psicoanalítico

Freud en la Conferencia N°33 sobre La Feminidad (p. 122, 1932), refiere que la demanda de amor funda el sujeto femenino: “adjudicamos a la feminidad, pues, un alto grado de narcisismo, que influye también sobre su elección de objeto, de suerte que para la mujer la necesidad de ser amada es más intensa que la de amar”.

En la fase preedípica el objeto de amor es la madre, igual que en el niño, los vínculos libidinosos de la niña con la madre atraviesan por las tres fases de la sexualidad infantil, cobran los caracteres de cada una de ella, se expresan mediante deseos orales, sádico – anales y fálicos (Freud, 1932). La madre preedípica toma relevancia ya que en esta etapa se presenta “un importante contenido, tanto por su duración como por la posibilidad de dejar como secuela fijaciones y predisposiciones” (Sruber, 2009). Sin embargo, para que las niñas puedan desarrollar su feminidad se hace necesario cambiar de objeto libidinal, a través de un proceso conocido como “complejo de castración”, por el cual, se produce un extrañamiento respecto de la madre “bajo el signo de la hostilidad, la ligazón madre acaba en odio. Ese odio puede ser muy notable y durar toda la vida, puede ser cuidadosamente sobre-compensado más tarde; por lo común una parte de él se supera y otra permanece" (Freud, p. 113, 1932).

El complejo de castración comienza cuando la niña da cuenta de una falta, al comparar sus genitales con los del otro sexo, “se siente gravemente perjudicada, a menudo expresa que le gustaría «tener también algo así», y entonces cae presa de la envidia del pene, que deja huellas imborrables en su desarrollo y en la formación de su carácter” (Freud, p. 122, 1932).

En consecuencia, se afloja la relación con la madre ya que se le hace responsable de esta falta de pene. Al no existir amenaza de pérdida, a diferencia del varón, las mujeres entran en su complejo de Edipo sin nada que perder y permanece abierto. Se sienten desplazadas, desamparadas y siempre están en busca de lo que falta. A diferencia de los hombres, que viven bajo la amenaza de la castración, las mujeres viven con el miedo de perder el amor, y esto impulsa esta insaciable demanda de signos.

Con el complejo de castración se presentan las tres posibilidades de desarrollo para la niña. Una de ellas corresponde a la renuncia de la sexualidad fálica y a la represión de su sexualidad en general; una segunda vía consiste en desarrollar un complejo de masculinidad que puede terminar en homosexualidad y, por último, la niña puede tomar como objeto al padre y alcanzar la forma positiva para el complejo de Edipo femenino.

Ya habiendo realizado un boceto de la teoría freudiana sobre lo femenino, es necesario concebirla teniendo en cuenta las problemáticas actuales desde un enfoque crítico y feminista. Primero, se debe entender que la teoría de la sexualidad está fundada y generada por el imaginario de una sociedad patriarcal y machista victoriana, en la cual, se evitaba cualquier tema referente al sexo.

Por otro lado, según Emilce Dio Bleichmar la teoría se sostiene en un pensamiento dicotómico: hombre/mujer, masculino/femenino, activo/pasivo, etc. Siendo que el género es plural y está delimitado por el Otro, el adulto y el lenguaje. Este pensamiento dicotómico se adscribe a los fenómenos de patriarcado y heteronormatividad, para Judith Butler:

“El género y el sexo son actuaciones, actos performativos que son modalidades del discurso autoritario; tal performatividad alude en el mismo sentido al poder del discurso para realizar (producir) aquello que enuncia, y por lo tanto permite reflexionar acerca de cómo el poder hegemónico heterocentrado actúa como discurso creador de realidades socioculturales” (Duque, p.87, 2010).

Teniendo en cuenta esta definición de género, entonces, también es posible plantear que las identificaciones de la niña con la madre o el padre no son sólo en términos de lo edípico, sino que, también estos conceptos se van trabajando y actualizando a lo largo de la vida, el sentido de feminidad y masculinidad es mucho más amplio y general.

Dio Bleichmar también menciona que la relación niño – adulto, no es una relación unilateral donde uno sucede al otro, sino que debería ser tomado como un encuentro. Tanto el niño como la figura de cuidado viven en presencia del otro y se ven afectados por las consecuencias de la relación en sí.

Asimismo, quiero hacer referencia a una de las críticas más comunes de esta teoría: el falocentrismo. Donde la subjetividad femenina se construye como una otredad de lo masculino, pero siempre entorno al falo, o mejor dicho a la “inferioridad” que provoca la falta de este. Karen Horney, plantea que el fenómeno de la “envidia al pene”, no es lo que condiciona a la mujeres a sentirse inferiores, sino que es la sociedad, ya que esta, empodera al hombre y establece límites a la mujer. En ese sentido, la inferioridad de la mujer es el resultado de la sujeción social y no de la castración fálica. Una opinión parecida emite Alfred Adler (en Terol, s/f) “el hombre y la mujer son iguales y nacen con la misma indefensión y que el patriarcalismo suprime los intentos de la mujer de sobreponerse a la indefensión infantil”.

Las objeciones anteriores no tienen como propósito desestimar la teoría freudiana por completo, sino que actualizarla, entenderla desde una mirada nueva, que contempla concepciones recientes sobre el género y lo femenino.

En ese sentido, nos encontramos con que la teoría freudiana sobre la feminidad todavía tiene mucho que aportar, no obstante, tal vez lo importante es que esta no se convierta en algo natural e inalterable, ya que corremos el riesgo de no contemplar en nuestra reflexión los vínculos con las exigencias culturales. Por ende, lo importante es no entender el complejo de castración como el único proceso regulador en el desarrollo de lo femenino, sino, solo como un momento en la construcción de la feminidad.

La teoría de Freud nos aporta bastante en la feminidad
La teoría de Freud nos aporta bastante en la feminidad

Construcción de la imagen corporal

No siempre es el cuerpo el objeto de nuestra reflexión diaria, esto podría ser consecuencia de la costumbre, es normal dar el cuerpo por sentado, tal vez podríamos pensar en él a propósito de lo estético, o a través de la salud, pero lo cierto es que “el cuerpo se nos impone cotidianamente, ya que en él y por él sentimos, deseamos, obramos, gozamos y nos expresamos” (Unzueta & Lora, p.7, 2002).

A través del tiempo la concepción del cuerpo ha ido mutando. En la antigüedad, por ejemplo, el cuerpo delgado era asociado a enfermedad y a una salud perjudicada, debido a los estragos que causaba la hambruna y la desnutrición en ese momento histórico, en contraposición, el cuerpo con un peso más elevado significaba no sólo una mejor salud, sino que, también representaba la riqueza de personas que podían alimentarse. Es evidente cómo ese pensamiento se opone al actual, donde en el imaginario social se vive el cuerpo delgado como sinónimo de salud, y se estereotipa a las personas de figuras tradicionalmente consideradas grandes, como si estas “no se cuidaran, son flojas, de mala salud, etc.” Esto es lo que llamamos ideal del cuerpo, y es el resultado de una serie de relaciones de poder que operan de tal forma para estructurar una corporalidad hegemónica, a través de “valores, creencias y cánones estéticos que promueve cada sociedad; de tal manera, que las últimas décadas del siglo XX y el comienzo del siglo XXI se han caracterizado por un culto total al cuerpo” (Behar, p.319, 2010).

Este fenómeno como tal, nos compele entonces a declarar que “en las diversas culturas y períodos históricos, la corporalidad ha estado ligada irremisiblemente a lo social y a lo cultural” (Behar, p.319, 2010). Por ende, la corporalidad no tiene una definición natural, sino que como concepto dinámico es atravesado por los múltiples discursos, el cuerpo no existe anterior al lenguaje “los seres humanos en su corporeidad se crean a sí mismos en el lenguaje y a través de él” (Hernández, p. 1039, 2013).

Por otro lado, podemos entender imagen como el doble de algo, la cual, puede ser formarse dentro de nosotros como representación mental, o puede ser exterior a nosotros “visible en una superficie o hasta transformada en un acto observable dentro de un comportamiento significante” (Hernández, p. 1042, 2013). Asimismo, esta representación mental puede ser consciente como una “sensación inmediatamente percibida y que afectivamente es importante para nosotros” (Hernández, p. 1043, 2013) o inconsciente, nos referimos a la primera imagen, que se define como una sensación vivida con gran intensidad en la infancia y , “es el prototipo que sirve de modelo para todas las imágenes ulteriores, conscientes o actuadas, de una experiencia semejante” (Hernández, p. 1043, 2013), y es el cuerpo el conducto a través del cual se actúa la imagen.

En ese sentido, la imagen corporal es aquella que nos da la convicción de ser nosotros mismos, ya que, a través de nuestras experiencias corporales forjamos nuestro yo como representación mental. No obstante, al tener una vertiente inconsciente siempre hay un misterio sobre quiénes somos que parece que no podemos resolver “el yo es al propio tiempo la certeza de ser uno mismo y la ignorancia de lo que uno es” (Hernández, p. 1044, 2013), esto es el resultado de un proceso psíquico conocido como el Estadío del Espejo.

La imagen corporal nos entrega la seguridad de ser nosotros mismos
La imagen corporal nos entrega la seguridad de ser nosotros mismos

Jaques Lacan plantea el Estadío del Espejo, como un proceso psíquico, por el cual, el infante en sus 6 meses de edad aproximadamente comienza a construir su yo. En un inicio el infante está desestructurado, sin embargo, al descubrir su imagen en el espejo, se llena de júbilo debido a que por primera vez se reconoce como una unidad, como sí mismo. Esta primera imagen, también referida como imagen especular, se constituye a partir de Otro y su palabra, principalmente es atravesado por el deseo de la madre, que se proyecta en el infante, en consecuencia, este yo especular, esta primera imagen del sí mismo (imago), constituirá el yo ideal; siendo la matriz de las futuras identificaciones del sujeto. Podemos decir, que en este momento además de inaugurar el conocimiento del yo, también aparece la realidad del mundo exterior, la forma de su cuerpo y el narcisismo primario.

Aproximación psicodinámica a la Anorexia Nerviosa

Silvia Tubert es una psicoanalista y escritora argentina, que “investigó en profundidad el mundo de lo femenino, articulando la perspectiva psicoanalítica con la antropología y la literatura” (Traficante, s/f). En este artículo, se tendrá como referencia su artículo “Anorexia. Un perspectiva Psicoanalítica” para poder conceptuar el trastorno, quien entiende esto como un fracaso en la elaboración de la crisis narcisista de la adolescencia a la luz de la construcción cultural de la feminidad.

El concepto de feminidad está constantemente actualizándose, ya que se encuentra sometido a las narrativas sociales sobre cómo ser mujer. En la época victoriana, por ejemplo, se percibía lo femenino como enigmático, siendo el psicoanálisis freudiano una de las principales disciplinas que quiso estudiarla como sujeto, a través del tiempo este concepto ha ido mutando, siendo el feminismo, como movimiento social y académico, una de la principales aristas que ha ayudado a pensar a la mujer de distinta forma, sobre todo basado en la igualdad de derechos. Aun así persiste un malestar femenino importante, y este se genera principalmente por los ideales de feminidad que se construyen en un sistema patriarcal, estos se expresan en la subordinación social, legal, económica y familiar de las mujeres (Tubert, 2000).

¿Cómo ser mujer? Una pregunta que se está actualizando cada día
¿Cómo ser mujer? Una pregunta que se está actualizando cada día

Estos ideales femeninos hegemónicos instaurados en el imaginario social tienen la propiedad de crear identidades que compelen a las mujeres a adaptarse y amoldarse, el conflicto, es que parece que nunca podemos realmente encajar en esta serie de etiquetas impuestas. En ese sentido, la pregunta por el ¿cuándo se es suficiente?, se hace frecuente y menester de analizar y criticar. Estos ideales operan a través de mecanismos de control, consecuencia del efecto performativo que contemplan los discursos provenientes del saber científico, filosófico y estético, los cuales, “operan como regulaciones prácticas que no sólo modelan, sino que también construyen el cuerpo viviente” (Tubert, p.264, 2000). En ese sentido, la dieta y el ejercicio se instauran como herramientas necesarias para moldear el cuerpo femenino.

La anoréxica “rechaza y se angustia ante corporalidad identificada con los deseos, apetitos e impulsos incontrolables” (Tubert, p. 266, 2000), y prefiere identificarse con le sensación de autocontrol y éxito que asocia a la delgadez y al hambre, como metáfora cultural identificada con la sexualidad, el poder y el deseo. Por ende, “intentan desesperadamente alcanzar el ideal de control y eliminación de sus deseos sexuales, expresados en el lenguaje de la pulsión oral” (Tubert, p. 270, 2000).

Podemos entonces decir que, en términos de imaginarios culturales, la feminidad es pasiva, ¿no era el mismo Freud quién discutía esto en su conferencia número 33 sobre la feminidad?, articulando la dicotomía pasivo/activo, como sinónimo de femenino/masculino. Sin embargo, la anoréxica se opone a esto con una actitud activa de control, configurando un ideal andrógino. No obstante, el control en la anoréxica se convierte en una paradoja, pues, en su intento de ganar autonomía, termina dependiendo y siendo monitoreada por otros; padres regulando que su hija coma, amigos pendientes de su situación, incluso situaciones donde se internan en instituciones de salud mental.

Todas estas concepciones se instalan como una respuesta a las relaciones establecidas entre los sexos, la cual, se establece en una relación de poder. Y calan tan profundo que se alojan en el cuerpo y operan como ideal del yo de las mujeres.

La adolescencia y elaboración de la crisis narcisista

La autora denomina la etapa adolescente como pasaje crítico de la vida en cuanto se sufren cambios en la representación del yo, es decir, se define como un tiempo lógico de reestructuración del psiquismo, de pérdidas de ideales infantiles y a su vez de adquisición de otros ideales dependientes del entorno cultural. Entre estos cambios, podemos observar el de la imagen corporal, donde se crean nuevas representaciones mentales, y es común la distorsión.

Una de las evoluciones más importantes, es el hecho de que en esta época se pasa del yo ideal al ideal de yo. Entendiendo el yo ideal como esa promesa de unidad que se crea en el estadio del espejo, y el ideal del yo como la ley internalizada, es decir, ideales culturales que se internalizan, y se crea este “yo perfecto” al cual se debería aspirar. En ese sentido, la imagen de lo femenino y lo masculino cobran una gran relevancia en esta etapa, debido a los procesos de identificación.

Finalmente, Tubert postula que para poder superar esta etapa el sujeto necesita de un doble, es decir un principio organizador, muy parecido al objeto de transición winicottiano, que lo ayuda a significarse simbólicamente y a encontrarse con el objeto diferenciado del yo. Este objeto puede ser un ídolo, una pareja, un diario, amigos, entre otros. Su función es ayudar a salvarte de la despersonalización y, permite restaurar heridas narcisistas que se instalan en las pérdidas sufridas.

Sin, embargo, se puede fracasar en este pasaje, en tanto el yo no logra significarse simbólicamente al encontrarse con el objeto diferenciado del yo; y asimismo se fracasa en el pasaje de la identificación primaria que configura el yo ideal, a la identificación secundaria constitutiva de un ideal del yo. Esto responde al resultado de una historia de relaciones intersubjetivas, que convoca la dimensión familiar.

La anoréxica, al fracasar en la elaboración de la crisis narcisista adolescente, produce una regresión ya que desplaza la genitalidad a la oralidad en cuanto a reactualización del erotismo. Es decir, busca instaurarse como sujeto deseante, pero solo lo puede hacer de una forma regresiva. Por ende, el cuerpo es un medio para poder provocar un corte simbólico con los otros, y deshacerse del ideal cultural femenino, sin embargo, al mismo tiempo que rechaza este ideal se termina identificando con la imagen culturalmente fetichizada de la mujer, donde se desprende de su subjetividad y es solo reducida a lo material del cuerpo.

En ese sentido se instaura la delgadez como sinónimo de perfección, y funciona como : defensa ante la angustia suscitada por los desórdenes del cuerpo; castigo; búsqueda de una identidad que devuelva la estabilidad perdida. Se maneja la angustia entonces, mediante la producción de una figura que queda en el limbo de lo masculino y lo femenino, y se internalizan valores que tradicionalmente se han asociado a lo masculino: autodominio, ejercicio de la voluntad y desarrollo de la capacidad intelectual.

Conclusión

Al realizar la presente revisión bibliográfica, se clarifica cómo la anorexia nerviosa es más común en mujeres que en hombres, aunque no agota la pregunta en sí. Pero vemos como la mujer desde lo preedípico, se va configurando a si misma a partir de otros, es decir, en base a los deseos del madre preedípica, en la cual, también se ven introyectadas los imaginarios sociales sobre la feminidad, que se van proyectando en el bebé. Sin embargo, su feminidad y su cuerpo se van poniendo en jaque en cada etapa del desarrollo, incluyendo el Estadío del espejo y la adolescencia, cuyas consecuencias son la construcción de un cuerpo y un narcisismo anclado a los histórico cultural, la cual, hasta al día de hoy se estructura en la normatividad del patriarcado.

La anorexia nerviosa es mucho más común en mujeres
La anorexia nerviosa es mucho más común en mujeres

En ese sentido, no es inusual que la anorexia se presente como una exposición de lo irreales que son las expectativas sobre el peso y el cuerpo femenino, caricaturizando estos ideales al nivel de una delgadez insostenible. Por otro lado, la anorexia me parece una forma, por la cual, un persona sufriente busca encontrar su voz, instaurarse como sujeto deseante, la cual, se ha perdido en el desarrollo identitario; es una analogía de la lucha milenaria del género por hacerse escuchar, por validarse y constituirse como sujeto. Tampoco me extraña que la anoréxica rechace lo femenino en su proceso de identificación, cuando la misma sociedad occidental ha degradado a la mujer por siglos. Por lo cual, me parece muy importante el continuo desarrollo del movimiento feminista, para reivindicar a la mujer, si bien se ha avanzado en el tema, queda mucho trabajo por hacer.

Referencias:

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